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sábado, marzo 07, 2009

Trizas



Siempre me gustó dibujar. No se si soy un dibujante, ¿qué es ser un dibujante? Si todo aquel que dibuja es un dibujante, entonces sí, soy uno. Si en cambio lo es aquel que vive del dibujo, que trabaja dibujando, entonces no lo soy. De todas formas, ¿qué importa? No podría ni siquiera estimar la cantidad de veces que me he encontrado haciéndole planteos de este tipo a la persona que soy. Tal vez algún día logre desterrar tanta pregunta estúpida, y dedicarme a hacer sin pensar tanto, sin que me preocupe lo que alguien más pueda decir. Si al fin y al cabo es totalmente inofensivo lo que hago. Genial, bueno, malo o pésimo, pero inofensivo. Un dibujo feo no matará a nadie supongo. Tampoco una mala canción o un cuento mal contado. Distinto es lo que ocurre con otras disciplinas, como la medicina por ejemplo. La mala praxis sí mata gente, entonces es algo que debe ser tomado con algún grado mayor de responsabilidad. En fin, la cuestión es que suelo hacer dibujos en mis ratos libres porque disfruto haciéndolos y no tengo nada más que explicar al respecto.


Aquella noche comencé a improvisar algunos trazos con el lápiz, simplemente a pasearlo sobre la hoja en blanco (aún hoy se trata de mi forma de empezar cuando no sé que es lo que voy a retratar, además muchos de los que considero mis mejores dibujos han comenzado de esa manera). Al principio no pude vislumbrar ninguna forma, ninguna idea a partir de mis garabatos. Miraba aquellas líneas buscando alguna figura, como lo hacía de chico con mis amigos, observando las nubes acostado boca arriba sobre el pasto de la plaza. Ante mi frustrante falta de imaginación, fui hasta la cocina a poner la pava sobre la hornalla. Después preparé el saquito de té y empecé a juguetear con las dos cucharadas de azúcar que en el fondo de la taza aguardaban la inminente disolución. La punta de la cuchara levantaba algunos granitos blancos, luego giraba y los dejaba caer. Cualquiera que me hubiese visto en aquel momento hubiera pensado que yo estaba profundamente concentrado en mi tarea de levantar y dejar caer el azúcar, dado que mis ojos parecían observar atentamente aquel movimiento que se repetía cíclicamente. En realidad, mi mirada estaba perdida, miraba sin mirar mientras yo continuaba hurgando en mi imaginación en busca de alguna idea. De pronto el silbido agudo del vapor me devolvió bruscamente a la cocina del departamento. Volqué el agua hirviendo y llevé la taza hasta la mesa donde, incluso antes de sentarme, pude verlo: un hombre con los brazos abiertos, como crucificado. Sin embargo la idea de un crucifijo no me sedujo demasiado. A medida que iba dando detalle al cuerpo intentaba decidir como continuar con mi flamante obra. No me resultaba nada fácil, mi imaginación no lograba pergeñar algún boceto capaz de convencerme, especialmente por la posición en la que aquel hombre permanecía. La cabeza gacha, los brazos extendidos en cruz, las piernas juntas… Buscando abstraerme retiré la mirada de la hoja, apoyé el codo sobre la mesa y luego la sien sobre el puño. Así, con la mirada torcida, pude ver cómo una paloma se posaba sobre la baranda del balcón. Luego de permanecer allí unos pocos segundos retomó su vuelo nocturno. Inmediatamente le arrebaté el lápiz a mi boca y me dispuse a dotar a mi criatura de un par de alas. Las hice nacer desde sus brazos y no en la espalda: le di alas de pájaro. Mi personaje no era un ángel ni nada que se le pareciera, era un hombre con alas en sus brazos. A todo esto, el té se había enfriado completamente.


No se por qué, pero una sensación muy extraña me invadió al verla sentada sobre aquel banco. Permanecía posada ahí, inmóvil, era como si se hubiera mimetizado con el banco de piedra.

Me acerqué lentamente y luego de mirarla durante algunos segundos le pregunté si se encontraba bien. No obtuve respuesta. Ni siquiera logré sacarla de su hipnosis. Se tornaba bastante difícil, más bien imposible, darle un nombre al color de sus ojos. Era en cambio inevitable notar que, aunque su naturaleza no les permitía hablar ni emitir sonido, de algún modo gritaban una angustia insoportable. Un vestido rojo salpicado de pequeños lunares blancos cubría la fragilidad de su cuerpo. Levanté la mirada y busqué quien sabe qué cosa alrededor. No encontré más que un sinfín de personas grises caminando indiferentes (el mismo ejército del cual yo había formado parte hasta el momento en que la ví). Pregunté nuevamente con idéntico resultado.

Cuando me disponía a ir en busca de algún tipo de ayuda, me detuve repentinamente. Una ráfaga de aire fresco había llegado desde el río, aunque no fue eso lo que me detuvo. Como cobrando vida a partir de aquel soplo, su brazo izquierdo había abandonado el letargo para comenzar a moverse lentamente. Una vez que estuvo estirado, el dedo índice se extendió señalando algo o alguien a mis espaldas. Casi sin proponérmelo, respondiendo a un reflejo totalmente atávico, giré mi cabeza.

Allí estaba, al otro lado de la calle: fría, sin vida, oscura como siempre. No podría decir cuantas veces había pasado junto a aquella estatua. Lo que si puedo asegurar es que nunca antes la había visto como lo hice en aquel momento. Sencillamente me refiero al hecho de que jamás me había detenido a observarla. Era la figura de un hombre, más o menos de tamaño real. Permanecía cabizbajo, parado sobre un pedestal, sus piernas estaban juntas. Tenía los brazos abiertos, como clavados a una cruz invisible. Y era precisamente allí, en sus brazos, donde nacía el rasgo más sobresaliente de aquella figura: un enorme par de alas, semejantes a las de un cóndor o un albatros.

Volví a mirarla a los ojos. Pregunté si era la estatua, si había algún problema con ella. Asintió antes de bajar el brazo. Luego, bajó también la mirada, depositándola en sus zapatos negros. Balbuceó algo que no llegué a comprender, pero las palabras vibraron al atravesar el nudo de su garganta y eso sí pude entenderlo. El tono de su voz era totalmente acorde con la expresión de sus ojos. La muchacha sentada en el banco parecía estar esperando algún tipo de suceso o acontecimiento que la angustiaba infinitamente pero que a la vez le resultaba imposible de evitar (sino no podía explicarme porqué no se levantaba y abandonaba el lugar).

De pronto ocurrió algo que me conmovió profundamente: la joven se incorporó y, luego de una honda inspiración, lanzó un alarido agudísimo que me paralizó. En seguida dio un cuarto de giro y comenzó a correr desesperadamente por la vereda. Tuve la sensación de que se llevaba algo que me pertenecía, de que me arrebataba algo que no estaba dispuesto a perder. Eché a correr para perseguirla lo más rápido que pude, pero se escapaba. Luego de varios segundos de carrera sucedió algo que volvió a dejarme atónito (aunque no dejé de correr): un extraño movimiento tenía lugar en la espalda de mi perseguida. Debajo del vestido, algo se contorsionaba y parecía crecer rápidamente. Entonces, la tela de las mangas y la espalda fue rasgada por un majestuoso par de alas que brotó y se sacudió como disfrutando al fin de una libertad añorada durante demasiado tiempo. Sin detener su marcha, la muchacha (ahora muchacha alada) extendió los brazos y comenzó a elevarse dando aletazos lentos y espaciados que movían el aire provocando un sonido denso y grave. La confusión me cubría de pies a cabeza y parecía reírse a carcajadas de mis ojos abiertos cómo nunca antes; y aún había más: en seguida comencé a sentir un extraño ardor en mis brazos. Desde los hombros hasta los codos el calor creció en intensidad hasta quemarme insoportablemente. Pude oír la tela de mi saco desgarrándose, cediendo ante las alas que buscaban salir desesperadamente, como si allí adentro les faltara el aire. Increíblemente pude controlarlas con gran precisión, cómo si siempre hubiera contado con ellas. Parecía ser algo instintivo, y así mis suelas se despegaron del piso. Seguí volando tras ella, pero ya no sentía la necesidad de alcanzarla, ahora entendía que me estaba guiando, que sólo debía seguirla. Cuando alcanzamos varios metros de altura, miré hacia abajo. En la vereda, varias personas corrían y se agrupaban en torno a un hombre tirado en el suelo, junto al banco de piedra.


Desperté con un movimiento abrupto que me dejó sentado en la cama. Agitado y totalmente transpirado, me llevó algunos segundos dejar de temblar. En la oscuridad de la noche me levanté y, decidido, me dirigí a la mesa del comedor. No pude evitar el escalofrío cuando lo ví. Inmediatamente, tomé el papel entre mis manos y, a modo de exorcismo, lo rompí en tantos pedazos como me fue posible. Los dejé caer desde el balcón y me quedé observando cómo giraban graciosamente en el aire, esparciéndose hasta alcanzar el suelo.


martes, diciembre 09, 2008

Almuerzo y el color

Ocurrió que una mañana del mes de Marzo la señorita Almuerzo despertó a mitad de una pesadilla. Cuando se percató de que aquella situación tan pero tan horrible no era real, respiró aliviada y se dispuso a comenzar su jornada. Luego de una ducha caliente se dirigió hasta su placard y buscó allí la pollera blanca y la blusa roja. Grande fue su sorpresa al ver que la blusa ya no era roja sino de un color que nunca antes había visto. Ni si quiera se parecía a alguno de los colores que todo el mundo conoce. En ese momento pensó que aquel nuevo color combinaría perfectamente con la pollera marrón. A medida que continuó con su rutina, fue descubriendo que todo lo que hasta el día anterior había sido de color rojo (su taza favorita, el reloj de la cocina, el botón de alarma del ascensor, la luz superior de los semáforos, el colectivo de la línea 62) ahora era de este color inédito.

Cuando llegó al trabajo, su amiga la señorita Albricias puso cara de horror y le preguntó cómo era que se le había ocurrido combinar rojo con marrón. En ese momento fue que la señorita Almuerzo pudo confirmar lo que ya venía sospechando: las cosas rojas seguían siendo tan rojas como siempre, sólo que ella las percibía en otra tonalidad.

Aunque lo intentó, le fue imposible explicar a sus compañeros de oficina cómo era este nuevo color. Le hacían preguntas del tipo: ¿Es tirando a amarillo? ¿Una mezcla de azul con verde? ¿Naranjita? No, no y no. Nada de eso, el color que ella veía se parecía tanto a cualquiera de esos colores como el rojo se parece al azul o el verde al amarillo. Transcurridos varios minutos, la señorita Almuerzo comprendió que sería imposible describir su color y sutilmente cambió el tema de conversación.

Al salir del trabajo se dirigió a la guardia del hospital donde esperó a que un oftalmólogo pudiera atenderla. El doctor Imprevisto la revisó y encontró todo perfectamente en orden. De todas formas, le comentó a la paciente que el caso le llamaba poderosamente la atención ya que nunca antes había escuchado algo igual.

De vuelta en su departamento, la señorita Almuerzo cenó tranquilamente. Comió una manzana no-roja de postre y se acostó a dormir. A la mañana siguiente despertó y esta vez no interrumpió ninguna pesadilla. Con una ambigua mezcla de alivio y aflicción observó la blusa roja sobre la silla.

lunes, noviembre 10, 2008

Proskenion

La puerta vaivén mezcló durante algunos segundos el aire frío de la noche con el vaho cálido del bar. Los vidrios lloran cuando es así. Condensación. El recién ingresado caminó hasta la barra y se sentó sobre una de las banquetas de madera. Antes, en el trayecto, saludó a los habitués del lugar sentados a las mesas. Viejos conocidos. Cerca, banqueta vacía de por medio, un nuevo desconocido. Borracho. Cualquiera lo hubiera notado a un kilómetro de distancia. Saludó al hombre tras la barra y le pidió lo de siempre. Cerveza. El borracho tomaba Whisky. Su espalda estaba tan encorvada como una herradura y parecía que iba a caerse en cualquier momento. No levantó la mirada, sólo el índice derecho para pedir otra medida. Era una noche tranquila en el bar. Demasiado tranquila. Por eso el hombre se mostró interesado cuando después de algunos minutos, con una seña y un balbuceo cargado de alcohol, su vecino lo invitó a sentarse en la banqueta vacía. Pensó que, aún sin ser un programa enormemente prometedor, intercambiar algunas palabras podría ser más interesante que seguir mirando el televisor.


- Buenas noches mi amigo. Lo estaba observando y pensé que tal vez podría estar usted interesado en escuchar algunas cosas que tengo para contarle. Por eso me tomé el atrevimiento de invitarlo a acercarse.


Arrastraba un poco las palabras, pero podía entenderse lo que decía.


- Es del teatro que quiero hablarle. No, no de ese teatro, de ninguno que usted conozca. O mejor dicho, de ninguno que usted recuerde. Porque usted ha estado en el teatro al que me refiero, miles de veces. Todos han estado allí. Todos lo visitan cada vez que duermen, pero ninguno lo recuerda.


Un demente. Absolutamente loco. Hay que seguirles la corriente. Prometía ser divertido.


- Créame que cada vez que usted se duerme, aparece en el teatro. No está en ningún lugar, no se puede llegar despierto. Y no me malinterprete, no hablo de sueños. Los sueños sí se recuerdan a veces. En cambio nunca nadie recuerda haber estado en el teatro. Sucede en el instante mismo en que usted se duerme. ¿Puede acaso describir o decir que siente en el momento preciso en que pasa de la vigilia al sueño? Todos lo experimentan a diario, pero nadie podría describirlo, porque no es posible recordarlo. Ahí es cuando sucede. Usted ingresa caminando, el lugar está completamente vacío. Cientos de butacas. Rotas, algunas más que otras, arañadas, luciendo el despojo de lo que alguna vez fuera un rojo oscuro, profundo, elegante. El encierro sofoca, el aire asquea y se pega a la garganta con un olor agrio al que uno se acostumbra lentamente. Poca luz, muy poca. Lúgubre. Esa es la palabra que mejor lo define. Podría encontrar centenares de calificativos, pero el teatro es por sobre todas las cosas un lugar lúgubre.

Cuando finalmente se decide por una de las butacas, usted toma asiento. Único espectador. El telón se abre y los actores entran al escenario para representar por enésima vez la misma escena: la escena de su muerte. Una y otra vez, siempre que visita el teatro, usted asiste a la representación de sus últimos minutos de vida. La escenografía es siempre pobre, precaria. Apenas lo necesario, incluso menos. Pocos actores, muchas veces uno sólo. Pisan el escenario con desgano, repitiendo la misma escena para el espectador que la olvidará apenas deje el lugar. Actos cortos. Suicidios, ataques de corazón, accidentes de auto, asesinatos. Ingresan, actúan, el telón se cierra y usted abandona el lugar.

Dicen que si bien la gente no recuerda lo que observa en el teatro, cuando por fin le llega la hora, tiene la extraña sensación de haber vivido ese momento. Déjà Vu. Lo que ya se ha visto.


El hombre palmeó un par de veces la espalda arqueada del borracho. Mientras pagaba lo que le correspondía, le dijo que ya era hora de irse, al menos para él.


- Me voy a dormir, me voy al teatro – dijo con una sonrisa, mezcla de burla y compasión.

- No esté tan seguro – respondió el borracho mirándolo a los ojos por primera vez en la noche.


Un escalofrío le recorrió la espalda.


El telón se abre lento. Sobre el escenario, una mesa y dos sillas. Sobre la mesa, algunas botellas. Ingresan dos actores. Se sientan dando la espalda al público. Hacen mímica, simulan una conversación en el más completo de los silencios. Luego de algunos segundos uno de ellos se pone de pie. El otro toma por el cuello una de las botellas y la rompe golpeándola contra la mesa.

lunes, julio 14, 2008

Confluencia

Laura está sentada sobre el piso del balcón mirando caer la lluvia. La última vez también llovía. Es como si el asunto estuviera siempre ahí rondando, y que las gotas que terminan por rebalsar el vaso son las que aporta la lluvia. No es que siempre que llueve, Laura quiera suicidarse, sino que un día lluvioso es parte necesaria de la ecuación que resulta en su intento de suicidio. Al igual que sucede con las puertas de madera, su depresión se hincha con la humedad.

Los semáforos parecen formar parte de una conspiración en contra de Claudio. La luz verde se comporta como los espejismos que se ven a lo lejos sobre la ruta, esos que se esfuman metros antes de que uno pueda alcanzarlos. Encima llueve, y cuando llueve la ciudad es un caos. Todo el mundo saca el auto, todo el mundo sale a la misma hora del trabajo, siempre la misma historia.

Evangelina camina sosteniendo un paraguas verde que le regaló mamá. Sobre el asfalto conviven nervios, bocinas, maniobras complicadísimas y decenas de autos y colectivos enredándose en un enjambre insoportable. En las veredas, el panorama no difiere demasiado. Superpoblación de peatones y sobre todo de paraguas. Se complican las veredas con tanto paraguas. Se crea una coreografía constante y pintoresca en la cual los refugios portátiles se elevan, descienden, se abren, se cierran, se vuelven a abrir…

Esta vez no habrá pastillas. Mamá o papá volverían a encontrarla inconsciente sobre su cama. Llamarían nuevamente al hospital para que la ambulancia pudiera venir a buscarla y los doctores estuvieran todavía a tiempo de hacerle un lavaje de estómago como el año pasado. Esta vez no habrá pastillas.

Con una mano sostiene el paraguas, con la otra, aprieta el celular contra la oreja para escuchar a su madre. Ha estado hablando con ella durante las últimas cinco cuadras. ¡Bueno mamá! Estoy yendo para allá, te sigo contando cuando llego. Nos vamos a quedar sin tema de conversación si no. Sí, me faltan un par de cuadras para llegar a la parada del 64. Más o menos en cuarenta minutos andaré por allá. Chau. Cómo habla mi vieja.

Laura se incorpora lentamente. Basta un paso para quedar junto a la baranda. Decidida levanta la pierna derecha y la pasa por sobre la plateada barra de hierro, hoy cubierta de gotas. Luego, con sumo cuidado, la izquierda. Está sentada. Decenas de metros entre el suelo y las plantas de sus pies, sus manos aprietan el hierro. No mira hacia abajo. Su mirada se clava en el edificio de enfrente. Nadie la mira.

Cuando puede, Claudio hunde el acelerador del Peugeot. Cristina debe estar como loca. Siempre lo mismo con vos Claudio, ¿algún día podremos llegar temprano a algún lugar? Odia entrar al cine con la película empezada. Ya está cerca, le faltan tres cuadras. Seguramente lo está esperando abajo, en el hall de entrada del edificio. Ni siquiera el último semáforo del trayecto lo perdona: rojo. Claudio golpea el volante y se detiene resignado. Detrás del Peugeot frena el 64.

El reloj, dedos que se aflojan, siete menos veinte de la tarde, lluvia, ventanillas levantadas, ojos que se cierran, qué frío que hace, embriague hundido, la depresión, el colectivo, luz verde, falta de decisión, primera, los dedos vuelven a aferrarse, liberar el embriague, teléfono, aceleración, otra vez mamá, se hace tarde, los dedos se sueltan, segunda, estoy por tomar el colectivo mamá, Cristina me va a matar, el peso hacia adelante, brazo estirado, tercera, caída libre, estallido de parabrisas, pérdida de control, teléfono celular en el aire, árbol, el 64, gritos, sangre, lluvia, vidrios, muerte, muerte, muerte.

viernes, octubre 26, 2007

Las hormigas


Hasta recién, la de hoy ha sido una mañana como la mayoría de las mañanas. El despertador sonó a las siete, a las siete y cuarto y finalmente, a las siete y media. Sin más remedio abandoné la cama y la tibieza de sus sábanas arrugadas para posar mis pies sobre el frío despiadado de las baldosas del baño. Los viernes todo se hace más difícil, sin embargo, el acecho del sábado me brinda las fuerzas que necesito.
Si para algo no soy original es para desayunar. Hace años que mi estómago quiebra su abstinencia nocturna recibiendo una taza de café con leche y algunos gramos de mermelada prolijamente desparramados sobre dos tostadas.

Hasta recién, porque entre los sucesivos actos de mi rutina no figura ver una hormiga recorriendo el plato sobre el cual descansa la taza. Nada del otro mundo, pero al fin y al cabo, no deja de ser algo que altera el orden natural de mis mañanas. Apelo a mi calidad de ser superior y tras jugar morbosamente durante algunos segundos con su desesperación de hormiga, la aplasto. Pulgar e índice son sus verdugos. Mientras arrojo el cadáver al suelo, una pregunta entrometida, incómoda e innecesariamente molesta se instala plácidamente en mi conciencia. ¿Por qué la mataste? ¿Qué mal te hizo el pobre insecto? ¡Por favor! no es tan grave, al fin y al cabo es sólo una hormiga. Una insignificante hormiga de las cuales existen millones, billones en todo el mundo. ¿Y qué hay con eso? La mataste de todas formas. Millones de personas habitan el planeta y no por eso uno puede ir por ahí aniquilando gente alegremente. Bueno, ¡basta ! ¿Cuantas hormigas he matado en mi vida y nunca antes te quejaste por eso?

...

Aparentemente han aprovechado mi ausencia para comenzar la invasión. La jornada fue tediosa en la oficina. “Trabajé como hormiga” pienso y sonrío felicitándome por la ocurrencia, mientras las miro explorando la mesada de la cocina. No se han inmutado ni tampoco alterado su conducta ante mi presencia. Todo indica que mi llegada no es considerada una amenaza por las invasoras y, afortunadamente para ellas, no se equivocan. Me encuentro demasiado cansado como para tomar represalias por lo cual he decidido liberar la zona y permitirles transitar mis territorios. Además está la pobre hormiga asesinada por la mañana. Me siento bastante estúpido al respecto, pero por alguna razón el recuerdo aún me apesadumbra. Mis ojos se clavan en las yemas y las observan rozarse lentamente entre sí. Tras pocos segundos, el roce se transforma en restriegue enérgico y mientras dejo caer los párpados vuelvo a sentir aquel crujido, tan seco como el de una nuez rota sobre la mesa de navidad. ¿Hace falta que la respiración se entrecorte? ¿Es realmente necesario que mis dedos parezcan ahora velas derritiéndose?

...

El sábado salí sin desayunar. Ni siquiera entré a la cocina, apenas terminé de despertarme y vestirme sonó el portero eléctrico. Fuimos con mamá y papá a la casa del Tigre a pasar el fin de semana. La verdad es que ya no es lo mismo que antes, pero sigo yendo cada tanto, cada vez que mis padres lo proponen. Cuando era chico sí lo disfrutaba; tal vez porque siempre alguno de los primos o algún amigo venía con nosotros. Ahora, sinceramente, me resulta bastante aburrido, o más bien poco apropiado. Porque sí disfruto de estar con mis padres, de conversar con ellos, pero hay cosas del río que realmente logran irritarme: el viento, los Andrade (que, sin falta, aparecen en su botecito ridículo y se quedan a cenar sin que nadie los invite), el olor a podrido que hay algunos días, los mosquitos… Todo el fin de semana matando mosquitos, exterminándolos incluso con saña, deleitándome al verlos transformados en manchón negro (a veces rojo y negro) sobre la piel. Lo extraño es que, cómo he dicho, no me genera ningún tipo de culpa matar mosquitos, sino todo lo contrario. Tal vez sea porque al mosquito uno lo mata en venganza por el aguijonazo insolente, o en el mejor de los casos, para evitarlo. En cambio, a la hormiga la maté porque sí, y ahora soy incapaz de desterrar a todas estas que avanzan de modo casi militar, alineadas en una hilera perfecta. Algunas llevan pequeños trozos de hojas o de ramas; otras, diminutos terrones de tierra seca. La fila desemboca en un rincón junto al zócalo, donde las obreras acomodan minuciosamente los ladrillos que comienzan a conformar un pequeño monte, tan gris como las nubes que desde hace un rato braman anticipando la tormenta. Resulta por demás ridículo observar un hormiguero erigido sobre baldosas blancas de cocina. Un hormiguero debe estar en un jardín o en el campo; sobre el pasto, sobre la tierra, o a lo sumo sobre la arena, pero no en una cocina. Y sería tan sencillo como tomar la escoba y olvidarse del asunto en dos o tres barridas. Un poco de insecticida y a otra cosa. Pero no. No puedo hacerlo.

...

Si no me equivoco, hoy se cumplen dos semanas desde el traumático episodio (prefiero llamarlo así en vez de “asesinato”, aunque en el fondo lo considero como esto último). Durante los últimos días he tomado mi desayuno en la habitación. No es tan terrible; tengo que entrar a la cocina, y con un poco de cuidado para no pisarlas, preparar el café con leche y las tostadas. Después me retiro, porque es bastante incómodo comer mientras caminan sobre mis piernas, la mesa, el frasco de mermelada y todo lo que allí encuentren. Lo mismo ocurre para cenar, aunque he intentado hacerlo en lo de algún amigo o en el bar de la otra cuadra para evitar el trámite. De todas formas, no sé cuánto tiempo más pueda continuar así, sobre todo previendo que la situación no tardará en empeorar porque cada vez son más. Siguen llegando, o se reproducen a un ritmo abrumador (o lo que me temo: ambas cosas).

...

Hoy lo vi pegado sobre el espejo del ascensor. Con letras prolijas informaba: “Miércoles a las 10:00 hs desinfección. Por favor tenga a bien permitir el ingreso de los empleados para realizar su tarea. Muchas gracias”. Después Julio, el encargado, me pidió permiso para dejarlos entrar, porque sabe que a esa hora estoy en el trabajo. Le dije lo primero que se me ocurrió: que había pedido licencia en la oficina porque mamá venía a casa, y que me iba a ser imposible porque ella era alérgica a ese tipo de cosas. Supongo que no me creyó, o que al menos le habrá parecido extraño, pero con eso me bastó para salvarme. ¡De ninguna manera puedo dejar que alguien entre al departamento! ¡Qué dirían al ver las hormigas! Seguramente querrían matarlas y desalojarme inmediatamente. Aunque pensándolo bien, pronto serán ellas las que acaben por desalojarme a mí. Me he asomado abriendo apenas la puerta y, lamentablemente, la cocina es tierra perdida. Han cubierto prácticamente todo el piso con sus hormigueros y deambulan frenéticamente por las paredes, los armarios, la mesa… por todos lados. Hay algunas con alas que de un modo estúpido ven frustrados sus intentos de revolotear al chocar inevitablemente contra la pared. Estarán ya devorando la comida de las alacenas, habrán disfrutado especialmente del contenido de la azucarera. Tal vez hayan logrado ingresar a la heladera, aunque lo dudo. Obviamente, hay varias que se aventuran más allá y puedo verlas en el pasillo y en el baño. Con papel de diario doblado bajo la puerta y estudiados movimientos de entrada y salida aún conservo la habitación.

...

La situación se ha tornado ingobernable, el departamento es ahora una marea de hormigas que todo lo inunda y lo devora. Estoy recluido en mi habitación sin poder salir. No puedo ir a atender el teléfono, que no ha parado de sonar en los últimos días. Cada vez que Julio tocó el timbre le grité para que se fuera, le aseguré (le mentí) que me encontraba bien, pero que no podía atenderlo en ese momento. También despaché a mamá, a la vecina del ‘G’ y al empleado del correo que trajo el telegrama de despido.
Tengo hambre y sed, estoy débil y el sueño me vence fácilmente. Tras dormir algunas horas despierto y las primeras luces de la mañana me permiten ver el reloj: son casi las ocho y están por todas partes, caminan por las paredes burlándose de la gravedad. Han dado comienzo a la invasión final, la definitiva. Desesperado, cierro mis ojos con fuerza y preso del terror improviso un refugio infantil con la sábana y la frazada. Son tantas que las siento caminar sobre el acolchado, puedo escuchar millones de patas ejecutando un redoble infernal que aumenta su intensidad tornándose cada vez más insoportable. Quiero gritar, estoy totalmente rodeado y supongo que no tardarán en devorarme como a un trozo de pan. Percibo sobre mi tobillo las inconfundibles cosquillas que un sexteto de patas provoca y el vaso de mi cordura rebalsa o mejor dicho, estalla en pedazos. Con un violento manotazo me destapo haciendo volar por el aire sábana, frazada y varios centenares de hormigas. Al fin siento irrefrenables deseos de matarlas, de dar saltos asesinos sobre el colchón negro de patas y antenas. ¡Maldita la hormiga del primer día, malditas todas, que se mueran ya mismo, quisiera aplastarlas una por una! Pero son demasiadas. Entonces, salgo corriendo de la habitación, atravieso el pasillo y me dirijo hacia la cocina. Paso por debajo de la puerta, subo por el lado sur del zapato negro y desciendo luego por la ladera del norte, atravieso un par de baldosas y trepo por la pata de la mesa. Una vez arriba, recorro la servilleta a cuadros y escalo el plato sobre el cual descansa la taza. Será prácticamente lo último que haga, los dedos ya me alcanzan.